Opinión
Por Roberto Cadagán , 4 de marzo de 2023 | 10:40

El inefable marzo

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Hay períodos que nacieron para villanos. Y que conste que no menciono a aquel período privativo del género femenino. 

Hablo del calendario y sus componentes, donde hay algunos que llegaron para ser odiados, pateados en el suelo y vilipendiados, a pesar de que son inocentes de todo pecado. Lo malo para ellos no está en su esencia, sino en el uso que les damos los que en buena medida dependemos de ellos, aunque sea de forma circunstancial.

Dentro de esta familia hay dos hermanos que se llevan todos los premios como abominables criaturas, producto de la mente de aquellos iluminados que se dieron cuenta de que la cuestión del tiempo no andaba al lote, y que hacía falta estructurar una serie de normas para entendernos. Fue así como surgieron los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años, las décadas, los siglos, los milenios. Y eso que nombro solo a los más utilizados y conocidos, porque la ciencia les proporcionó hermanitos muy menores, como el attosegundo, que es la trillonésima parte de un segundo y que dura menos que un presidente peruano o un seremi demasiado bueno para abrir la boca o porque le pillaron un pasado algo cargado a la incompatibilidad con el cargo.

Mejor vamos a algo más cercano, porque también hay medidas de tiempo muuuuuy grandes, de las que solo o sólo (dicen que la sabia RAE obligará a recuperar el tilde sobre la primera o. Oh, sorpresa). Preferimos abstenernos de seguir con esas medidas tan extremas, porque lo que nos inquieta es algo más sencillo y terrenal, los momentos odiados. Esos de los que hablábamos al comienzo.

¿Habrá algo más antipático que el lunes, especialmente cuando el fin de semana resultó especialmente grato, ya que pudimos descansar, pasear, reunirnos con gente bacán o viajar a ese lugar que teníamos tantos deseos de conocer?

El lunes nació villano desde que el calendario gregoriano lo ubicó en el primer lugar de la semana, justo para el reencuentro con el profesor que se esfuerza por meter ideas redondas en cabezas cuadradas, o bien con el gerente esclavista que se encarga de recordar cada vez que puede que hay que trabajar, porque para eso pagan sus patrones.

El lunes es tan pesado de sangre como simpático resulta el viernes a eso de las cinco de la tarde, cuando se comienza a ver la luz al final del túnel.

Lo bueno del lunes es que sólo dura 24 horas y que se deja caer apenas una vez por semana.

Mucho peor es bastardo entre los bastardos, marzo, el mes que seguramente fue creado en las cavernas de Satán, y más encima cuando el dueño de casa acababa de recibir la cuenta de la calefacción, que más encima le funciona con pellets.

En otras latitudes no resulta tan caca como en nuestro hemisferio sur, porque es un anticipo de la primavera, pero en el caso de los que vivimos abajo del Ecuador sabemos que, entre otras delicatessen, representa el fin de las vacaciones, para niños, niñas, adolescentes, adultos sencillos y adultos mayores. Y eso sí que es terrible. Yo recuerdo que en mis años de escolar pensé en varias alternativas de solución, incluyendo algunas tan drásticas como dinamitar el colegio, secuestrar a todos mis compañeros o dejar tranquilos a los demás e irme solito a las antípodas y no volver más. Nunca me atreví. Obvio, como dice la Isi cuando le piden una copia de la selfie.

Me ha bastado con mirar el rostro de los niños y niñas que tengo cerca para comprobar que estos días no son los más felices para ellos, por más que se les trate de convencer de lo bien que lo van a pasar tras reencontrarse con los viejos camaradas.

Ni hablar de los más grandecitos, los liceanos e incluso los que dan épica batalla por convertirse en los iluminados expertos destinados a conducir los destinos de la Patria en un futuro muy cercano.

En fin, a los escolares, liceanos y universitarios la chiripiolca les va a durar menos que a sus mayores, que de partida ya tuvieron que ponerse con todos los gastos del año lectivo, que en los últimos años ha incorporado un nuevo suplicio, el de los padres que deben acampar en las puertas de los colegios para conseguir una matrícula para sus retoños. Todavía no entiendo cómo y por qué se llegó a esto. En mis años, con un país mucho más pobre y atrasado, bastaba con llegar al primer establecimiento que se cruzaba en el camino del apoderado y listo, el cabro o la lola quedaba inmediatamente matriculados.

Sin embargo, no es lo único. En marzo también hay que cumplir con diversas exigencias planteadas por el implacable Estado, que incluyen pagos diversos, partiendo por el permiso de circulación para los que tienen desde un Ferrari hasta una trola del 65, las benditas contribuciones, la cuota del colegio profesional, el certificado de simpatía y la vacuna del perro, entre otras.

Afortunadamente, hay algunas compensaciones, como bonos, pero no alcanzan para todos. En mi caso, todavía no entiendo por qué me dan con el mocho del hacha y me tienen marginado. Ya no sé si creen que soy político, futbolista, cantante de reguetón o personaje fundamental del ambiente farandulero, pero la cosa es que filo conmigo.

Espero que para Uds. la presencia de marzo no sea más que un leve suspiro, que no alcance a interrumpir la placidez de sus limpios sueños.           

Víctor Pineda Riveros 

Periodista

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