Opinión
Por Redacción , 30 de septiembre de 2022 | 17:23

Columna de opinión: Y eso que estamos pobres

  Atención: esta noticia fue publicada hace más de 2 meses
Estamos dispuestos a olvidarnos de los problemas financieros cuando aparece una fiesta buena. Crédito: redes sociales.
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A raíz de la historiada visita a Chile del cantante puertorriqueño Ramón Ayala Rodríguez, y de los incidentes provocados por decenas de sus miles de seguidores al momento de ingresar al Estadio Nacional, me propuse aprender un poco más acerca del reguetón.

Busqué en Youtube la música de este señor e intenté meterme en la ropa de sus fans por algunos minutos, básicamente porque quería entender las razones que los llevan a pagar hasta 287 lucas por persona en un par de horas de concierto. 

Soy sincero y confieso que aguanté poco. Definitivamente, el reguetón no es lo mío, así como tampoco Daddy Yankee, el nombre artístico de Ramón, está destinado a ocupar un lugar en mis altares.

Es una opinión absolutamente personal y espero que ninguno de sus admiradores se sienta ofendido. Respeto mucho los gustos ajenos y si Daddy es tan popular y exitoso debe ser por algo. 

El boricua, que ya se empina por los 45 pirulos, tiene magia, indudablemente, y eso le permite hacer una gira que incluye casi toda América, con paradas en las ciudades más importantes de cada país.

Si en Chile fueron tres presentaciones, en Colombia llegará a ocho y en México a una docena, antes de cruzar el Río Grande y encantar también a unos cuantos gringos que se van a sumar a las populosas colonias hispanoamericanas.

Para conseguir todo eso, el muchacho debe tener sus buenos méritos. Eso no se le puede negar.

Sin embargo, llama la atención que en un Chile ad portas de una recesión, según expertos y no por carril mío, unas 180 mil personas hayan asistido a las tres noches de Daddy en el Nacional, pagando entradas con precios que iban desde los 40 mil pesos para una persona en silla de ruedas y su acompañante, hasta los 287 mil aportados por los que quisieron llegar hasta las barbas mismas del artista.

¿En qué quedamos? ¿No nos estamos quejando porque la bandeja de 30 huevos, que hace menos de dos años costaba $3.500 en las ferias ahora la ofrecen a seis lucas? ¿O que hemos tenido hasta que reducir el consumo de pan, de arroz y tallarines? 

¿Cómo es la cosa? Somos buenos para quejarnos, pero chitas que estamos dispuestos a olvidarnos de los problemas financieros cuando aparece una fiesta buena.

Sucedió recién, para el 18. Autoridades y economistas nos recomendaron no excedernos en los gastos, sobre todo porque el final de año se ve difícil. Por supuesto, no hicimos casos. La carne se vendió como siempre y a nadie pareció importarle un bledo pagar 18 lucas por un kilo de lomo vetado, ideal para la parrilla.

Y como el asado debe ser completo y bien regado, habría que agregar otros tipos de corte de vacuno, pollo, un buen trozo de chanchito hoy chanchito mañana y longanizas para choripanes, mientras se remojaba el gaznate con diversos tipos de cervezas, tinto y blanco del bueno y en caja, además del cada vez más popular terremoto, bomba de azúcar que debería ser prohibida para todo el que previamente no presente un certificado médico garantizando que no es diabético, hipertenso o ambos. 

Claro, lo pasamos bien un rato, como los fanáticos de Ramón, o unos días, como los endieciochados, pero después andamos pendientes de los anuncios del ministro Marcel o de los bonos gubernamentales para engordar la olla.

Y es que no podemos olvidar que hay muchos que realmente lo están pasando mal, que no pueden ir a conciertos y que debieron vivir un 18 duramente austero. 

Para finalizar, les cuento lo que le pasó a alguien muy cercano a mí. Como el año pasado fue favorecido con la Pensión Garantizada Universal, en esta oportunidad nuevamente postuló, pero como respuesta recibió una tapa que se escuchó hasta en Alaska y Madagascar.

El sujeto había revisado bien los requisitos para pedir el beneficio y comprobó que los cumplía a cabalidad: más de 65 años, no estar dentro del 10 por ciento más rico, recibir una pensión o salario menor a un palo mensual, haber residido en el país por más de 20 años, etc., etc.

Casi se fue de cola cuando supo que había sido reprobado por pertenecer al 10 por ciento de los más pulentos de esta larga y angosta faja de tierra.

No puede ser, dijo. ¿Con qué ropa? ¿Quién se quedó con mi Rolls Royce, mi Mercedes, mi chalet en Cachagua, mi Rolex, mi fábrica, mi polola modelo, mi parcela con playa exclusiva, mis vacaciones en Dubai, mi palco para el Mundial? ¿Me están o me quieren?

Costó explicarle que la medición se hace en base solamente a las personas mayores de 65 años y por eso los parámetros de bienestar cambian drásticamente, hasta el punto de que, efectivamente, no calza para recibir ese pase en profundidad que lo dejaría solo frente al cajero.

Se ha ido resignando de a poco. Entendió que la base de comparación no está en un millón de pesos, sino en las más modestas 450 lucas. 

Bueeee, si es así, no puedo quejarme. Ojalá que esa plata vaya a gente que la necesita más que yo y no quede enredada por ahí, como podría ocurrir en este mundo tan lleno de frescos, pillos, rateros, manos con neoprén, estafadores y cuenteros de todas pintas y colores.


 

La actividad estará abierta a todo el público en el Parque Saval hasta este domingo.

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